..y sí nuestro sentido de justicia, nos hace malos?

Nuestra cruel justicia

Tener la tendencia a considerar que el mundo es justo, nos va a hacer padecer y hacer padecer a otros, de un estado de angustia, puesto que, en un mundo con problemas e injusto asirse a la idea de justicia es arriesgado para nuestra salud mental. En ocasiones, tendremos que interpretar la realidad de manera que nos confirme que algo es justo, también, trataremos a los demás  en estos términos: sus desgracias son justas (1) porque se lo merecían. Pero vamos por partes.

Es necesario iniciar mencionando la tendencia de las personas,  a considerar que “sus opiniones y creencias son más comunes de lo que en realidad son” (2), es decir: Todos los demás piensan como Yo (falso consenso). Aquellos que piensan diferente, son una minoría loca y desadaptada, pues de manera paralela, tenemos la tendencia a evaluar nuestras capacidades, características personales y creencias, como  más positivas o deseables para la sociedad (unicidad falsa). Esto lo podemos entender de la siguiente manera: Todos piensan como yo, y todos deberían ser como  yo.

El imperativo categórico de Kant, explica que nuestra forma de ser, es nuestra idea de cómo deberían ser lo demás. Este imperativo es una orden interna (no condicionada por cuestiones externas) para actuar, independiente del resultado y que pudieran ser considerada como ley universal y que generalmente son buenas acciones. Es el sujeto como medida de todas las cosas. Todos nosotros de manera individual, consideramos que estamos en lo correcto, que nuestras acciones son lo más adecuado para la sociedad. En pocas palabras, somos los buenos.

Así pues, al momento de hablar de justicia, se hace en el sentido de considerar que las personas obtienen lo que merecen y que nosotros (los que estamos leyendo esto) nos tienen que pasar cosas buenas o al menos no cosas malas, porque en nuestra vida cotidiana actuamos de la manera correcta. Por otro lado,  quien hace cosas indebidas le pasaran cosas malas. Lo complicado es que, si reflexionamos sobre algunas de nuestras conductas, tal vez no sean las más adecuadas o benéficas, pero siempre hay una racionalización de nuestro comportamiento que se justifica y lo que hacemos no lo consideramos algo malo o un delito.

Nuestra cosmovisión está regida en términos religiosos, por esto, además de la “justicia del hombre”, tenemos  la “justicia divina”, y hay que ser doblemente bueno. No obstante, se puede ser bueno sólo en uno de estos  dos ámbitos, ya sea en el legal o en el religioso. Por ejemplo: Si delinques y rompes la ley, en ciertas circunstancias se puede seguir siendo bueno en la fe religiosa. Pero la exigencia, es tener un comportamiento que no nos perjudique en ningún aspecto, ni ante la ley del hombre, ni ante la ley de dios. Aun así, hay quien rompe la ley (del hombre), a veces por necesidad, a veces por gusto. Y no me estoy refiriendo a personas en condición de pobreza, sino a las de clase media trabajadora, en la que las circunstancias las han orillado a tomar algo sin pagarlo.  

Se cree que cuando la justicia falla, la justicia divina no lo hará y que las personas que burlan la ley serán juzgadas por otra superior, pues al ver que una persona deshonesta se sale con la suya, nos genera una sensación de molestia y también de angustia, pues nuestra idea de justicia se ve vulnerada. Nuestra experiencia  se disloca y nos hace preguntarnos, si los que hacen y procuran las leyes, ¿también son deshonestos? Es angustiante sabernos dentro de una estructura de corrupción y de maldad, en la que estas son parte de los cimientos de la sociedad. Pero ya no sólo nos angustia el delincuente, sino el otro, el diferente. Este pone a prueba nuestra idea del funcionamiento del mundo, pues aunque no es ni se comporta como nosotros, vive y hace cosas como nosotros.

Los justicieros

Hay individuos que se asumen (de manera informal y contingente)  como instrumentos de justicia, tanto  jurídica como divina y ese sentido, en ocasiones los hace ser crueles; si no es con conductas, es al menos con palabras y actitudes hacia con quien ellos creen que  han hecho algo malo. De todas las opiniones de lo que se considera justo, hay algunas legitimadas por la ley, es decir, cualquier ley que delimite y controle el cuerpo de la mujer siempre será perjudicial para todas ellas, y será un argumento usado como arma para actuar en contra de alguna mujer que haya sido víctima de algún delito, ridiculizándola, revictimizándola y creyendo que se lo merece.

Somos una sociedad que, aparentemente autorregula lo justo y que se permite ciertas “ilegalidades”, desde comprar piratería, cometer actos de corrupción, pero que no acepta el aborto o que ve normal que un hombre acose u hostigue a una mujer y que considera una exageración que el acoso callejero sea considerado ya, como un delito.

Cuando vemos que a una persona (a la que sabíamos buen ciudadano o ciudadana y con la que pudiéramos sentirnos identificados), de manera inexplicable le ocurre algo, ya sea que sufra una muerte violenta, o desaparezca, entre muchas otras cosas; nuestro pensamiento  automático será que estaba inmiscuida en algo ilegal,  que andaba en malos pasos y finalmente, pensar que se relacionó con las personas equivocadas. Esto como una especie de mecanismo psíquico de defensa, que nos confirme y nos dé certeza, de que él o ella se lo busco y por ende, es lo justo; “era cholo”, “vendía drogas”, incluso si la víctima tenía tatuajes asumimos que algo estaba haciendo mal.

“Al referirse en forma despectiva a la víctima, nos tranquilizamos a nosotros mismos  de que el mundo no sólo es justo, sino también que no es probable que caigamos  victimas de circunstancias similares (“porque en realidad yo no soy como ellos”)”. (Stephen Franzoi) (3)

Pero en los casos que tenemos la certeza de que era una buena persona, desearemos justicia o exigiremos venganza. Este deseo de venganza restablecería nuestro sentido de justicia.

De igual manera y con esa intuición de la justicia, los casos de embarazos no deseados o de abuso sexual, hay quienes creen que es justo lo que buscaban las víctimas y que es su culpa. Los que están convencidos de que la joven embarazada se lo buscó, por tener relaciones sexuales o que la víctima de violación provocó su propia agresión, por vestir de cierta manera, asistir a cierto lugar o salir a cierta hora. No consideran las condiciones de violencia sistemática y cultural en contra de la mujer.

Así que cuando las mujeres buscan la despenalización del aborto, estos “justicieros” les exigen que se hagan cargo del embarazo obligando a la maternidad, como si fuera una especie de penitencia que tienen que cumplir. Este tema es muy complejo y no es mi intención abordarlo, además de que no tengo el conocimiento pleno, ni argumentos que abonen a su solución. Pero sí apoyo a las mujeres en la lucha por decidir sobre su propio cuerpo.

Súper yo, súper cruel

Desde la teoría del psicoanálisis, el súper yo es un agente de prohibición interna (inconsciente) que se “activa” en situaciones en las que el individuo debe de actuar conforme a ciertos valores morales que le han sido inculcados. Tiene sus cimientos en la infancia, basado en la introyección y asimilación  de normas y reglas que se deben de cumplir, estas normas y valores, al ser impuestos por una autoridad (los padres), se asimilan y rigen nuestra vida psíquica de manera inconsciente, a diferencia de la ley, que se asumen de una manera consciente. El súper yo es una fuerza rígida, que nos obliga a actuar de una manera, llamémosla, correcta y que nos hace querer que los otros también actúen de manera correcta.

Sin embargo, como lo expresa el Profesor en filosofía Raúl Gutiérrez: “Este criterio no coincide con una sana ética (…) Una persona podría actuar conforme a este criterio del súper yo a sabiendas de que está infringiendo la ley o un valor superior” (4). Por eso, hay casos en los que un hombre asesina mujeres que se dedican a la prostitución, por considerar que lo que hacen es inmoral; o padres que maltratan físicamente a los hijos por tener una preferencia sexual diferente; o defender a sacerdotes acusados de abuso sexual, argumentando que son mentiras y que es una prueba del diablo, la figura del sacerdote sobrepasa  a las figuras de autoridad como pudieran ser un oficial de policía, e incluso, hay personas encargadas de hacer valer la ley que son más laxos en este tipo de casos.

La interiorización de las leyes paternas y el miedo a la pérdida del amor de estos, empata muy bien con las creencias religiosas: Se debe actuar conforme a ciertos mandatos, para no caer de la gracia de dios. Si a esto le añadimos que hay personas en el poder, con la capacidad de crear y aprobar leyes que, además concuerdan con preceptos de la iglesia, las condiciones de ciertos sectores de la población se tornan difíciles, pues se decide sobre sus cuerpos dos veces: Primero lo hace el hombre y luego dios.

Cuando los buenos ante dios, son también los buenos ante la ley, se generan condiciones en las que algunos se asumen como los buenos y que paradójicamente, suelen ser más crueles y precarizan la existencia de los otros, de los “malos”.

Los crueles no son los malos

Es pertinente aclarar, para evitar la incomprensión del presente texto o una interpretación equivocada, que el término de buenos y malos es premeditado y con la intensión de darle un contraste a los sujetos de los que estoy hablando y poder identificar que, cuando digo malos me refiero a un otro que sale de la norma establecida por la sociedad y al bueno, como aquel que cumple con ciertos criterios sociales que lo colocan en una posición favorable, es decir: Una persona heterosexual, católica, de clase media y que en ocasiones, también es mujer.

Hay un grupo hegemónico (generalmente católico), que se organiza, lucha y repliega, cuando cualquier otro sector de la población sale a exigir derechos, protección y mejoras para su calidad de vida. Porque las condiciones adversas son propiciadas generalmente por la violencia cultural, que es definida como un proceso cultural que disimula la violencia, los cuales ocurre como acontecimientos (eventos cotidianos), procesos (institucionales) y constantes (que no se mencionan como violencia).

Las más perjudicadas son las mujeres de todas las edades, así como la población homosexual de cualquier sexo y de cualquier edad. A pesar de que sus luchas por igualdad han tenido victorias, sobre todo jurídicamente, prevalecen condiciones que hace 50 años propiciaban injusticias; pues cuando la población indiferente, esa que no se manifiesta (y que aunque no se dé cuenta, pertenece a un grupo hegemónico) tiene ciertas actitudes y prejuicios hacia las mujeres y homosexuales que viven su sexualidad, o que son víctimas de violencia, violaciones o asesinato. Muchas veces, ese prejuicio es el que mantiene y propicia los mismos males y que, finalmente, confirman lo que les dicta su prejuicio.

“Los creyentes firmes de un mundo justo, tienden a hacer “atribuciones defensivas”, cuando explican la situación apremiante de las víctimas o en otras palabras, son propensos al culpar a las personas por sus infortunios”. (5)

Pero fuera de esta tautología, podemos preguntarnos ¿Cómo nacen estos prejuicios? La respuesta que podemos intuir, es que, la misma cultura está erigida así, moldeada por grupos dominantes y que mediante mecanismos ideológicos, convencieron a la población de que había que pertenecer a un grupo social homogéneo. Todo plagado de la cultura dominante: Medios de comunicación e  instituciones que estandarizaron las subjetividades. Pertenecer y colocarse dentro de ciertos grupos hegemónicos, es un facilitador de la vida; (no obstante, ahí dentro también se sufre y se padecen injusticias).

Pertenecer a la mayoría, evidentemente no funciona para todas las personas, pues habría quienes tendrían que ser mutiladas psíquicamente para estar ahí dentro. Por ejemplo, la persona homosexual que sostiene una relación o aparenta una vida heterosexual. Aun con el avance de las sociedades y su influencia e interacción con otras, hay lugares en el mundo, en donde el conservadurismo es tal, que los que pueden emigran y los que no lo pueden hacer, se quedan a padecer.

No eres tú, eres todos.

 Pertenecer a un grupo social y cuando este se congrega, se desatan las pasiones y pueden llegar a generar disturbios, confrontaciones o violencia; incluso, esta pertenencia se asume y se ejerce de manera individual, y ocasionalmente ha derivado en maltrato, exclusión y violencia, de manera que, en una extraña lógica, golpear a otro por ser “malo”, nos hace “buenos”.

Las relaciones sociales causan cierto nivel de angustia, incluso perteneciendo a un grupo social hegemónico y  gozando de ciertos privilegios. No tener gusto por la música popular, o no ser aficionado al deporte  popular, o las películas de cierto corte y tener gustos de otro tipo, no se es “malo”, pero al menos un sí un loco y el objeto de burlas ocasionales por parte de los otros miembros.

Si un homosexual exige igualdad de derechos, o una mujer y exige respeto e igualdad de oportunidades, los llamados “buenos”, están ahí para un enfrentamiento. La idea de que uno es el bueno, en ocasiones instiga a hacer cosas terribles, el terrorismo tiene eso como parte fundamental. El caso es que siempre el individuo se asume como bueno; es el bueno vecino, es el profesionista que están en lo correcto, es más, hasta en su perfil en redes sociales es el bueno. 

Esta idea del bien, el mal y la justicia, crea apreciaciones erróneas de la realidad, de modo que hay una confrontación entre bandos y una idea unificadora de que la justicia debe favorecer a un bando. Las cuestiones filosóficas que esto implica son abismales.

Para terminar, creo (que es algo obvio) que los códigos morales actuales,  aún causan problema a personas  que no se ajustan a ellas.  Y cuando la justicia (la impartida por la ley y los actos individuales) es utilizada como arma para someter al otro, los buenos nunca serán tan buenos y los malos nunca serán tan malos.

1) Los ejemplos de fallos de la justicia, son al margen pues la intención de hablar del sentido de justicia de las personas, cuando la situación aún no llega a instancias legales.

2), 3), 5)  Franzoi, S.  (2007) Psicología Social. 4ta edición. McGraw-Hill.

4) Gutiérrez, R.  (2006) Introducción a la Filosofía. Grupo editorial esfinge. d

Acerca de Ernesto Del Toro

Ensayista autor de: Un libro real, sobre la realidad. (Ensayos sobre la experiencia de la realidad y de las aproximaciones a la verdad) (2017) El Eco de la cultura de masas. (2019) Me he desempeñado con honores en la que Alvaro González de Mendoza (El Vallero Solitario), denominaba la Carrera de obviología nuclear. De todo, en todo y para todos, en esta época donde ya nadie cree en nadie y la realidad de disuelve en el aire.
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