La violencia (ya) es normal. (Escritos de un viejo paranoico)

(Aclaración: Este escrito va dirigido a quienes no han sufrido una pérdida sensible a causa de la violencia; para todos ellos, esta reflexión no será más que palabrería nada reconfortante. Las personas víctimas de un delito o los familiares de personas desaparecidas sufren consecuencias devastadoras que modifican sus vidas para siempre. Tienen la difícil tarea de reestructurarla o reconstruirla a pesar del dolor; no puedo decir nada que capture o describa esa experiencia).

Hace tiempo, circulaba en las redes sociales un post, en donde un hombre joven describía su incomodidad (y a veces preocupación) al ir caminando detrás de una mujer y pensar que ella pensaba que él era una amenaza. Muchos otros jóvenes comentaban sentirse igual, al ir caminando detrás de una mujer por una calle solitaria, algunos disminuían su velocidad, otros se ponían a revisar el celular, para que la mujer notara que no la estaban siguiendo. Este asumirse como posible victimario, tanto en la mente de la mujer como en la propia, resulta incómodo e indeseable, sobre todo, cuándo tal vez, unas calles atrás la sensación del hombre era de posible víctima, debido a la violencia[1] en las calles.

La modificación de las conductas y la repercusión en las relaciones sociales en espacios públicos, con desconocidos, que ha generado la inseguridad, nos posiciona en una etapa del desarrolla de la sociedad en la que la violencia es normal, entendiendo la norma como precepto a seguir, reglas o modelos de comportamiento. Sabemos que hay rituales (y medidas) de seguridad que de manera individual llevamos a cabo, como colocar cadenas, candados, bastones en los autos, colocar alarmas, buscar calles alumbradas y cambiar de rutas, grupos vecinales, etc. Que de alguna manera denotan un estado de alerta. Voy a hacer hincapié en algunas conductas, que más que rituales de seguridad, dan cuenta de cómo la inseguridad (causada por el clima de violencia), han permeado en las relaciones sociales al punto de convertirse en normales.

Primero, es algo cada vez más común que, las personas destinen ciertos bienes para un evento de asalto: Portar un celular de gama baja o una pequeña cantidad de dinero para tener algo que entregar a los asaltantes y que no les hagan daño. Segundo, cuando sucede que a una persona la asaltan, también es común escucharla expresar: “Ya me tocaba a mí” o “ya se llegó el día”. No obstante, pese a lo anterior, hay delitos que nunca pensamos (o esperamos) que nos puedan ocurrir, por ejemplo: La desaparición de algún familiar, que a pesar de ser un fenómeno que ya tiene muchos años, y que continúa creciendo alarmantemente, nos negamos a aceptar que nos va a suceder.

ASALTO EN MOTO. ROBO DE CELULAR CON PISTOLA

La violencia no es normal… (?)

Considero que decir que la violencia no es normal, nos coloca en una posición en la que cada evento violento (de esos que ocurren todos los días, asaltos, balaceras, muertes, feminicídios, etc.), nos provoca un estado de shock constante, porque hay quien dice que no es normal la violencia y que no debemos de dejar de hacer nuestras actividades cotidianas, no dejar de salir a las calles o dejar de salir de noche; que no deberíamos de ceder nuestros espacios a los delincuentes. Que ninguna persona debería ser saltada, violentada, desaparecida, asesinada y un largo etcétera… Pero a los delincuentes no les interesa el “cómo debería ser las cosas”, ya que de hecho, existen las condiciones propicias que soportan y dan continuidad a la violencia y a la inseguridad. Violencia como acontecimiento, inseguridad como una condición subjetiva.

La cuestión es, que ciertos delitos han dado forma a nuestra sociedad y se han colocado en un lugar importante y que le dan funcionamiento: Desde vendedores informales, vendedores de piratería y en escalas superiores, financiamientos ilegales de campañas electorales, evasión de impuestos; compra y venta ilegal de gasolina por parte de las mismas empresas gasolineras. Estas ilegalidades (entre muchas otras), crean relaciones sociales duraderas que prevalecen y que cuando el poder las intenta combatir, genera desajustes en la población y en nuestro modo de vida.

 

La institución violenta

Las Instituciones sociales, como mecanismo de administración de los bienes y control de los individuos, son las encargadas en gran parte, de definir al individuo y sus necesidades. Dictan las características que debe de tener una persona, ya sea para recibir algún tipo de ayuda, realizar algún trámite u incluso para considerarla culpable de algún delito. Ya no es el sujeto quien define sus necesidades, sino las Instituciones, que, al mismo tiempo, son las que perjudican a la sociedad por sus prácticas discriminatorias, omisiones y falta de voluntad hacia con las personas. Desde negar la atención médica, o no dar seguimiento a una denuncia, hasta hacer a las personas acreedoras de multas debido a sus condiciones particulares, como lo es por ejemplo, el caso de las multas a motociclistas que transportan a menores de edad. Estas personas operan bajo estas condiciones, porque es como pueden sobrellevarlas.

Elías Dobry, en su estudio “violencia estructural y violencia social” (2004), define la violencia institucional, como ¨todo uso arbitrario o ilegitimo de la fuerza, ejercido o permitido por la fuerza pública; es una forma de ejercicio del poder mediante el empleo de la fuerza física, psicológica, política o económica, expresando la existencia de un arriba y un abajo¨. Podemos incluir aquí, la criminalización de la pobreza y la protesta social.

Por estas razones es que el individuo, decide alejarse el más tiempo posible de las instituciones que involucren a alguna instancia de gobierno y efectúa actos de corrupción para eludir esta violencia institucional. Son ilegalidades normalizadas y en ocasiones, más convenientes.

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Los chicos malos (chicos malos) o “una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa”

Se dice que la pérdida de valores por parte del individuo, ha llevado a la sociedad a un estado de degradación; entendiendo que lo que se ha perdido son los valores morales, lo que lo aparta de la nobleza e intereses del ser humano. No porque no los conozca, sino porque no le significan nada. Todos los valores que la sociedad persigue como el trabajo, el respeto a los demás, los solidaridad, la empatía; para algunas personas no son más que conceptos que aprenden a definir, pero que en su desarrollo personal, nunca logran identificarlos. No están convencido de ellos y no les significan lo mismo que a los demás, por lo que a estas personas se les cataloga como malas.

La filosofía nos dice que la maldad no tiene una consistencia independiente del bien y que solo se entiende en función del bien, es decir, que ahí donde debería de haber bondad, no la hay Considerando que la sociedad intenta educar para la bondad, con base en un sistema bipolar. Esto puede parecer pura palabrería, pero ¿No estos mismos delincuentes que comenten actos atroces, son a su vez esposos, padres, amigos, etc., y que en ocasiones, hacen actos caritativos en sus comunidades?

En este mismo orden de ideas, en 1961 Hannah Arendt, definió como “la banalidad del mal” (refiriéndose al holocausto), al fenómeno que ocurría con los participantes del genocidio, en los que personas de aspecto normal, eran capaces de llevar a cabo crímenes atroces. A decir de estas, solo estaban cumpliendo una orden, no se veían a sí mismas dentro del mal colectivo, sino solo sus actos individuales. Así, en nuestro contexto, la delincuencia organizada es vista por sus integrantes, como una empresa, con códigos, reglas y lealtades. El dirigente da la orden y el sicario la ejecuta. Lo que antes yo consideraba como la decisión consciente de matar, por parte del sicario, no es más que la decisión consciente de cumplir una orden; ya sea que la obedezca por necesidad o por obligación.

En cuanto al fenómeno psicológico de individuo, dentro del grupo delictivo, (en tanto grupo), actúa como un facilitador social, en donde el sujeto es cobijado por los otros, mata o tortura, aceptando que es algo común y que debe de hacerse como parte del trabajo. Por supuesto, las características personales y estructura de pensamiento del sujeto, influye en la afiliación a dichos grupos, sin embargo, en otros casos, los integrantes son forzados a ingresar.

Incluso la identificación del sujeto, con algún personaje, puede servir de protección psíquica, es decir, vivir sus actos como una ficción interpretando a algún personaje importante de la delincuencia. Recordemos que, en la canción “Sanguinarios”, del Movimiento alterado, comparaban la mentalidad de los narcotraficantes y sicarios con Pancho Villa: “Traen mente de varios revolucionarios, como Pancho Villa peleando en guerrilla…” Lo mismo ocurre con los nuevos personajes de películas y series de televisión. No quiero decir con esto, que estas producciones generen delincuentes, pero sí que son utilizadas como una ficción protectora.

Cada uno de los ejemplos anteriores, ha sido tema de investigaciones, estudios y libros, pero aquí era importante recordarlos.

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Terror en la palma de tu mano

El constante informe de eventos violentos mediante internet, nos dan la nota en el instante o un poco después de que ocurrió el suceso y desde el mismo lugar de los hechos. Precisamente esta inmediatez impide saber que ocurrió antes y que pasará después, dejándonos con una sensación de desconcierto. Posteriormente los noticieros televisivos, suelen ofrecer más información o al menos algunos datos más, debido a sus reporteros que continúan investigando para estructurar mejor la nota. Pero regresando a los reportes de internet, nos alteran y propician un espacio para opiniones e interpretaciones en tiempo real, de otros espectadores que intentan explicar o quejarse y hacer bromas en la sección de comentarios. Y no falta quien discute con otros, añadiendo más elementos a la confusión: enojo y hastío.

 

Funcionar dentro de la violencia

Ya no me atrevo a decir que la violencia no es normal, he aprendido a experimentar la inseguridad que provocan los hechos violentos y los delitos sin culpables. En una especie de interiorización de la violencia, la he transformado en valor, en ser más cuidadoso, en estrechar y fortalecer lazos sociales. Por supuesto que da miedo saber que hay delincuentes operando desde el anonimato; es heroico salir a la calle, y angustiante pensar que algo pueda pasar al siguiente minuto

Estamos viviendo una etapa peligrosa en donde nuestros gobernantes y autoridades no han podido descifrarla. Sí su estrategia es crear las condiciones para que sea urgente militarizar al país, lo están haciendo bien. Pues quien no va a estar de acuerdo en “una solución” a la violencia. Pareciera una doctrina del shock2, para que la población acepte la necesidad de control por parte del Estado.

Así, pasamos del temor a los delincuentes, al temor a la ley. Nuestro sentido de seguridad ya no se logra como antes. Ese sentimiento ha cambiado de origen, por eso, en ese buscar algo que no hay, o no se sabe dónde está, las personas tendemos a evadir y la única manera de olvidar por un momento la inseguridad es distrayéndonos, encerrándonos en nuestras casas con nuestros aparatos electrónicos. Los distractores son ya la única manera de sentirnos seguros, olvidarnos de nosotros hasta que ya no nos recordemos, hasta que ya no sepamos quienes somos. Pronto, será una manera de desaparecer.

 

 

1 “El uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones.” Conforme al Informe mundial sobre la violencia y la salud de la OMS

Término acuñado por Naomi Klein, para referir que cuando hay una crisis, se genera un estado de vulnerabilidad que es aprovechado para imponer nuevas políticas, que generalmente habrían tenido oposición y rechazo por parte de la población.

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Acerca de Ernesto Del Toro

Autor de: Un libro real, sobre la realidad. (Ensayos sobre la experiencia de la realidad y de las aproximaciones a la verdad). Me he desempeñado con honores en la que Alvaro González de Mendoza (El Vallero Solitario), denominaba la Carrera de obviología nuclear. De todo, en todo y para todos, en esta época donde ya nadie cree en nadie y la realidad de disuelve en el aire.
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