La aceptación social del prejuicio y la discriminación (y su “funcionalidad”)

Imagen: Internet

Nuestra vida cotidiana transcurre generalmente de la misma manera: Convivimos con las mismas personas de nuestro empleo, ya sea que trabajemos en un lugar establecido o que tengamos que desplazarnos. Nuestras relaciones personales laborales, son generalmente con personas en una posición similar o igual a la nuestra y si se trabaja en la calle, somos más iguales todavía. En nuestra rutina citadina, nuestras relaciones son en su mayoría horizontales (pocas descendentes y pocas ascendentes), es decir, en el anonimato del transporte público o del caminar por la calle, todos compartimos una misma clase social, y pocas son más pobres que nosotros.

Estas personas en situación de pobreza, son las que están limpiando vidrios en los semáforos, haciendo malabares, vendiendo dulces, pidiendo dinero en las calles y camiones, etc. Ahora,  si asumimos nuestro grupo como la clase asalariada, ¿Cómo es nuestra relación con los más pobres, que pertenecen a otro grupo que no es el nuestro? La respuesta es, en su mayoría, breve y de rechazo. Por unos segundos o pocos minutos, son una interrupción de nuestra realidad; aparecen para mostrarnos lugares a los que no queremos pertenecer. Aportamos una moneda o consumimos sus productos o servicios.

En esta interacción se activa el prejuicio, entendiéndolo como la “actitud hacia miembros de grupos específicos, que sugieren de manera directa o indirecta, que merecen una posición social inferior” (1). Pero en ocasiones no nos damos cuenta de nuestro prejuicio, o no lo consideramos como tal. Cuando rechazamos o ignoramos, sobre todo a adultos en situación de pobreza, lo hacemos acudiendo a supuestas características particulares (son flojos, no les gusta trabajar, etc.) pero no a las condiciones sociales que propician la pobreza y así justificamos su situación.  

Al racionalizarlo así, no lo consideramos prejuicio, sino más bien, que nosotros somos justos, trabajadores y que aportamos algo a la sociedad. Pero en todo lo anterior, es el prejuicio funcionando aunque no nos demos cuenta, ya que éste, es una de las bases de la estructura del pensamiento, que se va construyendo desde la infancia, con la información que recibimos; entonces, de alguna manera creímos que el pobre no quiso o quiere trabajar y por eso está en la calle; que una persona con algún tipo de discapacidad no es productiva o que un indígena es pobre precisamente por eso, por ser indígena y que ellos en cierto modo (el modo capitalista) son “inferiores” a nosotros los asalariados.

Es importante hacer una aclaración: Ante las condiciones laborales que empobrecen a la gente de un modo, hay quienes no aceptan esas condiciones y encuentran en pedir dinero o limpiar vidrios su manera de ganar dinero, pero no solo es ganar dinero, (porque en ocasiones ganan más que los trabajadores formales) sino las condiciones sociales que han heredado las que los mantienen en la pobreza. (Costumbres, manejo de su economía, adicciones, accidentes, edad, actitudes, preparación académica, etc.)

Cabe hacer mención aquí, que el prejuicio se da incluso en contra de personas de estatus elevado, esto es, denostar a la persona rica porque, “no se tuvo que esforzar en tener lo que tiene pues lo heredó”, o que, “es exitoso porque el dinero lo ayudó”. Aunque, en ocasiones sí es así, no lo sabemos realmente, puesto que las condiciones de riqueza, también tienen que ver con las condiciones de vida. (Capital social, modo de generar más riqueza, “talento” para los negocios, hábitos de ahorro, etc.)

Actuar conforme a nuestro prejuicio, se traduce en discriminación y aunque existan prejuicios en contra de las personas de posición social elevada, estas no son víctimas de discriminación, de esa discriminación que atenta contra la dignidad.

Intentar defender con prejuicios

En ocasiones, el mismo prejuicio nos da argumentos para intentar mostrar admiración hacia alguien, y aquí es complicado, tanto proferir un argumento a favor, como escucharlo; es decir: Cuando vemos a personajes interactuando en situaciones que no corresponden con el modelo dominante, por ejemplo: una mujer indígena intentando ser candidata independiente, a la presidencia del país. Además de las críticas abiertas a su preparación o capacidad, estaban las que pretendiendo defender, parecía que confirmaban que los pueblos indígenas al ser “inferiores”, necesitaban de alguien que los representara en el poder. Inferiores no, más sí desfavorecidos.

Somos prejuiciosos con los más alejados a nuestra condición, por supuesto, puede haber aprecio o identificación con nuestro grupo social, pero los grupos estigmatizados, parecen estar condenados para siempre, pues dicho estigma los trasciende; el estigma es un atributo desacreditador, así, ser indígena, o tener sobrepeso, ser pobre o tener algún tipo de discapacidad, seguirá siendo un obstáculo para el individuo pues haga lo que haga, no puede dejar de ser indígena, o pobre, o a veces (por cuestiones biológicas) dejar de tener sobrepeso. Cuando alguien con alguna de estas condiciones, es parte de nuestra realidad, se puede tener una mayor sensibilidad ante el prejuicio.

Como se comentó al inicio, nuestra interacción con sectores desfavorecidos, se limita a verlos en la calle por unos minutos, nuestro pensamiento crea (es decir adopta) categorías que pretenden explicar su vida y así, se produce un pensamiento estereotipado que actúa como facilitador de una especie de “ahorro psíquico”, con el que podemos “dirigir nuestra energía mental a actividades cognoscitivas más apremiantes” (2).  Es decir, no invertimos tiempo en reflexionar sobre su condición, parece infructuoso pues no cambiará en nada la situación, pero una reflexión es un acontecimiento interno que puede cambiar al sujeto y llevarlo a relacionarse de manera diferente con los demás, y es que, un estereotipo es un discurso generado por clases dominantes o de una posición más elevada, que revela la naturaleza de las relaciones con otros grupos. Es imperante descifrar el mensaje que reside en el estereotipo.

Imagen: El País

Cimentando  la discriminación.

La discriminación es la acción, ya sea de manera personal, institucional o de sector privado, acción que violenta al individuo. Como se había abordado anteriormente el en blog (4), existe lo que  Johan Galtung define como ´violencia cultural´ como “algún aspecto de la cultura, susceptible a ser utilizado para legitimar la violencia, directa o estructural; la directa como acontecimiento, la estructural como proceso y la cultural como  una constante”. (Galtung 1989). Así, al ser la violencia y la discriminación elementos fundadores de la cultura, dejan de verse como tal, dando paso a una especie de ´ceguera´ con la que el individuo no sabe, que está discriminando o actuando conforme a su prejuicio.

Los medios de comunicación, sobre todo la televisión y la mercadotecnia, han provocado un debilitamiento de la identidad nacional (3) y es que, si se comparten rasgos característicos con el de los grupos “dominantes” (por decirlo de alguna manera): Hombre/católico/blanco/joven/profesionista, la probabilidad de padecer por la discriminación directa es poco probable, a lo mucho, el personal de seguridad de algún bar no lo dejará entrar. Por otro lado, alguien que no posee estas características, pero además que sea pobre, generalmente es blanco de la desconfianza y en repetidas ocasiones (lo hemos visto en los medios informativos), se les pide que se retiren de las inmediaciones de tiendas de conveniencia o departamentales porque “incomodan a los clientes” (eso lo deciden los gerentes) y los clientes nos sentimos más tranquilos cuando se van. Pocas veces lo consideramos como un acto de discriminación, sino como una medida de seguridad. Por eso, un delincuente “bien vestido” causa más sorpresa, pues no esperas que te robe; por supuesto, en esta época de violencia, inseguridad  y delincuencia, no está de más tomar acciones preventivas, aunque esto implique la aceptación social de la discriminación.

Con todo esto, podemos inferir que los creadores definitivos de los prejuicios, son los medios de comunicación manejados por personas de las clases dominantes, quienes han creado “sujetos sociales” (5)  a partir de un entendimiento del mundo desde su postura, es decir, fabrican “identidades”, como la del indígena o la del pobre, de la fea (a veces más bella), o la del obeso; a través de lo que se supone hacen, sienten, piensan, dicen y reaccionan; edifican la identidad desde afuera del sujeto lo que debilita la identidad propia de estos.

Al mismo tiempo, crean la imagen de la mujer y del hombre “exitoso”: Delgados, blancos, bien vestidos y a veces, con algo de educación refinada. Por eso, esta es la imagen que solicitan en los empleos; es la imagen a la que estamos acostumbrados ver en los medios; es la imagen que esperamos al ver al gerente de alguna tienda. Y si alguien fuera de la imagen estética del “exitoso”, se viste como un “exitoso”, será blanco de las burlas sobre todo en redes sociales.  

Finalmente, y sin pretender ser un artículo aleccionador, considero que reconocer en nosotros el prejuicio y reflexionar de donde proviene y reconocerlo como tal, nos ayudará a entender por qué sentimos lo que sentimos al ver a personas en una situación desfavorable, más allá del rechazo que nos provoca pensar el socorrido: Son pobres porque quieren. ¿Cómo se hace esto? Estando alerta a nuestros pensamientos para poder identificarlos… y ¿cómo se está alerta a nuestros pensamientos para poder identificarlos? Precisamente: Queriendo identificarlos.   

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Acerca de Ernesto Del Toro

Autor de: Un libro real, sobre la realidad. (Ensayos sobre la experiencia de la realidad y de las aproximaciones a la verdad). Me he desempeñado con honores en la que Alvaro González de Mendoza (El Vallero Solitario), denominaba la Carrera de obviología nuclear. De todo, en todo y para todos, en esta época donde ya nadie cree en nadie y la realidad de disuelve en el aire.
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